Estoy de vuelta. Salí a experimentar.
Debo de confesar que soy miedosa. De chica dormía con la luz prendida, tenía miedo a los extraterrestres y hasta la fecha no veo películas de miedo porque me hacen sufrir - no al día siguiente - en el momento.
Con las relaciones personales soy igual. Creo que se debe a mi inhabilidad de decir de la manera correcta: no/sí. Quizá por eso me gustan las relaciones con fecha de caducidad. Son más manejables, sencillas y al tener el tiempo encima (usualmente) se desarrollan minimizando los contratiempos.
Con s desde el día uno supe su fecha y me gustó. Dos meses. Hubo un breve momento en el que pensé que era manejable más allá del día t. Fue un breve momento porque duró hasta el día siguiente que fuimos a cenar y (sigo sin entender por qué) me relató una pelea que involucra un golpe que él daba que terminó en ocho puntadas en la cara del receptor. Demasiado. El golpe, la historia, el tono con el que lo decía, las implicaciones que sin darnos cuenta de inmediato se vertían alrededor de él.
Pensé que podía divertirme y ya. Hoy sé que es sumamente complicado divertirse y ya cuando hay algo que no te sabe bien. Opaca. Brilla.
Este fin de semana fue tan brillante que me tomé la libertad de tirar la leche antes de su fecha de expiración. Ya no olía bien. Como siempre, avisé. Fui directa, honesta.
Una hipótesis más rechazada. Vivo y aprendo.
26 julio 2010
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