Un libro extinto por una comida, doscientos pesos de gasolina y veinte para el valet. Se sintió como una venta. No precisamente justa pero en la que el comprador sabe lo que quiere y lo que pagaría por ello. Es esta cantidad la que el vendedor no debe conocer, pues para él aquello que vende no tiene el mismo valor. Fue una transacción que sucedió eventualmente. Sin que alguna de las partes lo notara hasta que unos días después se evidenció.
Es sábado y a las doce del día, el potencial vendedor, M, invita a comer a la potencial compradora, S, sin saber cualquiera de los dos de que se trata. S no sabe si aceptar pero ya tardó demasiado en dar una excusa para no ir. M se sorprende y quedan en hablar a las tres para salir a comer.
M recoge a S veintisiete minutos más tarde de las tres. Como es la costumbre, M no abre la puerta del auto. M, siendo cortés, como creía que se esperaba de él, pregunta a dónde quiere ir. S, que sólo está ahí por no saber decir que no, expresa su indiferencia. M se decide por mariscos y da vuelta a la izquierda. Antes de ir a comer, una parada en la gasolinera que el automóvil está apunto de dejar de caminar. Problema: No aceptan tarjeta A. Una segunda parada y un reojo de S al tablero después; No aceptan tarjeta A. Una tercera parada. No aceptan tarjeta A. S saca de su bolso los doscientos pesos del primer párrafo y opina que no quiere quedarse parada mientras piensa en la posibilidad desastrosa de tener que pasar la tarde con M esperando una grúa o peor aún, esperándolo a él regresar con un bote de gasolina como héroe. M los acepta y así como el auto tiene gasolina y comienza a avanzar, S piensa en aquello que ha comprado evitar.
En el restaurante, S apenas y pide algo que comer, desea reducir el tiempo al máximo. M expresa su apetito y voracidad y ordena todo lo que quiere comer desde hace mucho tiempo. El reloj avanza lento de un lado de la mesa y rápido del otro, y extrañamente no se pierden en la dimensión del tiempo; caminan lado a lado. Segundos después de haber ordenado un postre y el café, M expresa su preocupación. Casualmente acaba de notar en el centro de la mesa una nota que del lado de S dicta temas fiscales relacionados con notas y facturas y que del lado de M lee que en ese restaurante, No aceptan tarjeta A. S, que está pensando en dónde estará en una hora más, dice: Pago yo. M busca asegurar otro rendez-vous, S pretende no haberlo oído. Cómo ustedes ya lo esperan, fueron subsecuentes los veinte pesos del valet.
S llegó a casa perpleja y con una flor en la mano, obsequio de uno de los meseros. Aún no entendía que en medio de ese tiempo congelado y mariscos, fue parte de una transacción: un libro extinto por una comida, doscientos pesos de gasolina y veinte para el valet. Un intercambio del que S jamás se arrepentirá.
Hay quienes ven en esta historia profundidades de venganza, odio, recelo y amor no correspondido. Pero no se engañen, esto fue sólo el relato de una venta. El libro no lo menciono pues estuvo en manos de S un mes antes de la compra.
30 noviembre 2008
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