Es la segunda vez que encuentro a Xavier en un lugar inesperado. Dejé de salir con él en agosto del año pasado después de una cena en un restaurante de la Condesa en la que mis ojos se convirtieron en el marcador de un feroz corrector de estilos y sustancia. Al principio pareció no entenderlo pero haberlo aceptado. Pero su desesperación fue creciendo y su orgullo desapareciendo hasta que me empezó a buscar desesperadamente. Primero por teléfono, en mi celular, después en mi casa y mandándome correos. Cuando supo que mi desaparición era intencional empezó a marcar usando números diferentes y yo, desde entonces, no contesto a desconocidos. La primera vez que lo encontré fue en el aeropuerto cuando regresaba de Londres. Alenté el paso lo más que pude para evitar cruzarnos. Esta segunda vez estuvo a menos de medio metro de mí en la fila para el concierto de Madonna. Tiene novia, güera artificial. Perfecta para él.
Preferí no saludarlo y evitar la incertidumbre de su reacción. Pensé en él por unos minutos después de verlo y lo recordé con cariño. Si una cosa me gustaba de él es que reíamos todo el tiempo. Lloré de risa con él hablando de ventosas en los pies, con su amigo el piloto y en la elíptica mientras hablábamos por teléfono. Funcionaba porque ambos sabíamos que sólo se trataba de una broma y que, mientras durara, era genial.
Me gustaba su perfil y verlo cuando manejaba mientras me dejaba elegir la música.
Ese último día sólo pude ver, entre otras cosas, que me asustaba su smirk y sus manos.

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