Tres semanas es poco cuando estás de viaje y es mucho cuando esperas. Hace tres semanas empezó la fiebre y todo cambió entre nosotros. Empezó a hacer (o no hacer) todo lo que no hacía (o hacía) antes y lo más inquietante de todo, desaparecía; a veces por un día, a veces por tres o cuatro. Me di cuenta de lo presente que había estado en las últimas semanas, de cómo todo me había parecido hasta entonces irreal; ahora empezaba la realidad. Me costó trabajo intentar ponerme en su lugar y racionalizar que al igual que con la muerte, no todos lidiamos con la enfermedad de la misma manera (ojalá sea sólo eso).
Me dio paciencia el viaje y la convención y conocer la antítesis del hombre que busco y su abundancia en el mundo financiero. Pero como la mayoría de las cosas, la paciencia se termina y ya estoy en niveles cercanos a cero.
Cruzo el puente pero aún no me decido a quemarlo.
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