31 mayo 2010

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Hace dos sábados vi a Diego. Cuando me saludó tenía las manos frías.

El resto de la tarde estuvo intentando crear el instante perfecto para que yo me acercara hasta que tuvo que acercarse él. Me dijo que por favor nos viéramos para hablar. Le dije que sí, que tenía mi teléfono.

Avanzó la noche y terminé platicando con I. Me hizo reír, criticó mis zapatillas doradas que a mí me parecen muy coquetas, hablaba muy rápido y yo entendía un 80% de lo que me decía, no por mi amigo Jack que traía en la mano sino que por su nacionalidad (el español llega a ser más diferente de lo que aquellos que no lo hablan creen). Terminé invitándolo a correr el próximo sábado; él me invitó a cenar: con otros zapatos, dijo.

Al día siguiente pensé en si sí quería ver a Diego y en si sí, para qué. Pensé que no. De AA aprendí dos cosas importantes:

  1. Aunque ya sabía que no puedes cambiar a las personas, pensaba que quizá podría cambiar yo y aprender a vivir con esas cosas que no me gustaban de él. Nunca me dejaron de no gustar. Al final, animada por G, antes de que la espalda del camello se quebrara, quité una bolsa de ahí y le dije: ¿verdad que no está bien esto y esto y esto? El final ya lo conocen y pueden ver mis manos libres y la bolsa sobre el pobre camello encamillado.
  2. Las segundas oportunidades, en su gran mayoría, al ser resultado de comodidad - flojera de buscar a alguien más- fracasan.


La siguiente semana I me dijo que está entrenando desde el domingo por la tarde lo que implica que mintió un poco cuando dijo que corría. Dos días después Diego me invita, por fb, a "tomar unos tragos". Claro ejemplo de competencia dispar.

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