Usualmente un viaje me hace sentir lo mismo que un hombre cuando me gusta, me genera mucha emoción y pienso en él varias veces al día. Cuando estoy en el aeropuerto, el olor y lo que significa para mí el AICM me provocan sentimiento estomacal. Naturalmente que es mental pues ahora que frecuentemente viajo por trabajo mi emoción es casi inexistente; se reduce, pero nunca desaparece.Mañana salgo de viaje y uno de los que me gustan porque es poco ordinario. Me doy cuenta hoy que me ha sucedido lo mismo que con los hombres, no encuentro el tiempo para emocionarme en días y semanas como ésta. Me preocupo por tenerlo todo listo, como K sabe, me encanta tener todo planeado al máximo. Quizá por eso la pasé tan bien hace tres años que estuve en Turquía. L y yo sólo hicimos una lista con los lugares que queríamos conocer. El resto, se resolvió mientras caminábamos. Las consecuencias de esta decisión fueron impredecibles. Sólo por enlistar algunas:
- La cena en Fethiye, con dolmas (mi perdición turca que no he podido replicar por falta de yogurt verdadero en México y no cultivos lácteos) y el doctor de extranjeros rusos e ingleses que nos preparó de desayuno un sandwich de-li-cio-so de queso. Hospitalidad turca que me hizo querer acoger a todos los extranjeros que vinieran a México.
- El intento fallido de Olympos que terminó con nosotras sentadas en el pasillo de un camión (no en el suelo sino que en el periódico que el conductor nos puso muy amablemente) teniendo que agacharnos cada vez que pasábamos cerca de una patrulla o caseta de policías mientras la copiloto ensayaba su inglés con nosotras y actuaba de traductora entre nosotras y el resto de los pasajeros de camión.
- La pashmina que yo tanto quería y el regateo para conseguirla en el que participamos el "alemán" y yo que incluyó dos tés de manzana, unos 20 minutos, mi mail y una invitación [rechazada] a una noche turca como parte del trato.
- La estación de camiones en Konya, la ciudad más conservadora de Turquía, a las doce de la noche y el gesto con la mano en el hombro que jamás olvidaremos que casi provoca una pelea causada por la señora que gritaba como desesperada.
- El turco que, con el pretexto de tomarse una foto con cada una de nosotras, aprovechó para conocer las curvas mexicanas al que L todavía le compró un sombrero a F que, al menos, lo cautivó.
- El taquero y el conductor de camiones guapos de los que hasta la fecha seguimos hablando como parte de nuestro plan de traer unos kebabs auténticos a la Ciudad de México.
- El pobre perro Benji en Capadoccia que nos siguió hasta el hotel por haberlo alimentado con las galletas del día anterior, quería abandonarnos jamás.
- El casting más exitoso de piratas que puede llegar a haber en un solo país.
Me enamoré de Turquía.
Espero volver a enamorarme la próxima semana.

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