
Nunca había sufrido de jet-lag, hasta ayer. Para los afortunados desconocedores de este padecimiento: no es cuento chino (si lo fuera ojalá que fuese de Shikubu), existe. Fue una novedad, yo era de las que creía que aquejaba sólo a hipocondriacos y viejitos.
Ayer después de un taxi de una hora, obligado por habernos quedado dormidas, un tren de 40 minutos, un avión de hora y cuarto, una conexión de 20 minutos más un retraso por mal tiempo de una hora y un vuelo de 12 horas, llegué a bañarme y a dormir. No deshice mi maleta, no busqué cambios en mi casa, no comí. Dormí. Más de 10 horas y aún así al día siguiente me sentía como si hubiera bebido dos botellas de tequila. Me molestaba la luz, los olores, tenía sed, tomaba agua y la seguía teniendo, los ojos resecos e hinchados, el cuerpo golpeado; en una palabra, fatal.
Anoche dormí otras 10 horas y hoy soy otra.
Podría jurar que Joss Stone jamás lo ha vivido. Si sí, apenas comprendo su canción.

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