Ayer me pidieron perdón de manera muy particular. Debo de corregirme, se disculpó por él su sueño. Al menos así es como me lo dijo.
Todo lo criticable lo ignoro y me quedo con el hecho que a pesar de lo mucho que le debió haber costado, a su manera, dijo: Lo siento.
Y sonrío como maestra. Me gustaría saber que ha aprendido a apreciar menos a su orgullo.
Y también me alegro al engañarme nuevamente y decir, por quinta vez consecutiva: finalmente esto ya se acabó.


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